︎



Historias sobre un futuro que quién
sabe y, a la vez, por qué no.



Tenemos dos noticias, una buena y una mala.


La mala noticia, en realidad, ya la sabes. Y es muy mala. El mundo entero lleva más de 40 días viviendo en ella. Y lo que es peor, todavía no sabemos muy bien ni cuándo ni cómo va terminar.

La buena noticia, por otro lado, no la sabe nadie. Nosotros tampoco. Pero nos hemos propuesto imaginarnos cómo sería uniendo a escritores y artistas para crear el futuro en el que nos gustaría vivir cuando todo esto pase.

︎

El regalo


Texto: @lavieenrose05
Ilustración: @tobalsan



Esa última semana me había ido de viaje, uno de los pocos que había conseguido hacer en esos últimos años. Ya no recordaba lo mucho que echaba de menos conocer nuevos lugares o esa ilusión de investigar la cultura de una ciudad, de conocer nuevos lugares. Volví a casa de mis padres para contarles todo y darles unos regalos.

Enseguida me abrieron la puerta. Zapatos fuera, abrigo a limpiar, lavarse las manos sin tocar nada, ya nadie se sorprendía de las rutinas de desinfección. Se alegraron de verme, estaban emocionados de que les contase cada detalle de esa nueva forma de viajar.

La comida se hacía a fuego lento, me puse a mirar los álbumes de fotos de mis padres. Italia 1994, Portugal 1995, Costa Brava 2007, París 2012, Londres 2016, Marrakech 2018. Encontré el que buscaba: «Billetes». En su primera página un cartel rezaba «Europa». A continuación, bien guardados en fundas de plástico, podían verse liras italianas, libras británicas, escudos portugueses, rublos rusos, marcos alemanes, leu rumanos... 
Nuevo continente, dólares canadienses, pesos de diferentes países, centavos nicaragüenses... Justo llegué a la página que buscaba. Fui corriendo a buscar mi monedero, en un sobre guardaba una reliquia, un billete prácticamente único. Lo coloqué correctamente en el único hueco de la funda de plástico. Estados Unidos, dos dólares.

Mi padre siempre se emocionaba con los billetes del mundo, desde la pandemia ya nadie pagaba con dinero en metálico, las tarjetas de crédito eran las reinas porque gracias a ello evitábamos tocarnos. Mi viaje a la Costa Este tenía un propósito añadido. Encontrar ese billete ya era difícil antes del 2020, había quedado olvidado para la mayoría que optaba por los de uno o cinco dólares. El señor del anticuario accedió a vendérmelo tras mucha insistencia y tener que contarle la historia de mi padre. Me avisó de lo raro que era ver billetes hoy en día y me aconsejó guardarlo como si fuera oro. No podía llevarle un regalo mejor.
Seguí revisando los billetes, ya casi no recordaba los diseños de los euros. Gris, rosa, azul, naranja. Puertas, arcos y ventanales con estilos clásicos, góticos, renacentistas, barrocos, rococós… Mi padre tuvo que añadir una nueva sección en su colección para guardar los euros más representativos desde que decretaron la eliminación del dinero en metálico. Todo eso pertenecía al pasado. Los niños ya no conocían lo que era recibir un euro del Ratoncito Perez por el diente que se te había caído.

Dejé el álbum abierto, el billete de dos dólares relucía. Mirando a la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja, esperé a su reacción. Sabía que le haría ilusión algo tan simple como un papel que antes tenía valor.



Las merecidas vacaciones


Texto: @itsmiiki
Ilustración: @miguelismikko




Quedaban solo quince minutos para que el reloj de la oficina marcara las seis de aquella tarde de julio, la última tarde antes de estar oficialmente de vacaciones. Pese a haber estado prácticamente un año sin poder salir de la ciudad, aún no tenía claro un lugar para pasar las de este año. Las de 2021 tenían que ser especiales.

No podía ser un destino cualquiera, debía ser cálido, con una buena gastronomía, sonrisas amables y repleto de historias que me hicieran aprender. De repente vino a mi mente aquel lugar. Cumplía con todos los requisitos, definitivamente ya lo tenía... No había tiempo que perder.

Llegué a casa, y mientras compraba un billete de tren para el mismo día desde mi teléfono móvil, hacía la maleta deprisa y corriendo. Mis ganas, casi enfermizas por llegar cuanto antes, eran más importantes que qué camisa de flores ponerme aquel verano.

Me costó dormir durante el viaje, era complicado con la dichosa mascarilla a la que aún, un año después, seguía sin acostumbrarme. Cuando lo conseguí, una odiosa voz robótica me despertó anunciando mi llegada a la estación. Cogí mis cosas y salí del tren buscando la salida a toda prisa, deseando llegar a mis soñadas vacaciones, el abrazo de mi madre esperándome en aquella estación.

Lo de siempre


Texto: @carlosgomezb_
Ilustración: @davidsalasestudio



Crispín subió las persianas del bar hace unos días y la noticia ha llenado las calles del barrio. «Nos vemos donde Crispín, ¿no?»; «A las ocho en ca’ Crispín». Eso es todo lo que se habla en los parques y en las casas.

Con la reapertura, han vuelto los reencuentros, las conversaciones, los debates en la barra y las discusiones sobre fútbol y política. Pero, si hay algo que los vecinos echábamos realmente de menos, era volver a escuchar ese proverbio en el cual todos creemos. Esa frase que pronunciamos llenándonos de vida:

«Crispín, ponme lo de siempre».