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Antonio Ferreras


Texto: @noelfi
Ilustración: @morbixx



Con la boca reseca me he levantado a beber agua y ahí estaba, a los pies de mi cama, mirándome con las cejas levantadas, el mismísimo Antonio García Ferreras. Tras frotarme los ojos, no hay duda, es él con su típica postura echado hacia delante, me susurra: Suben los contagios pero menos que ayer.

Botellazo de agua. Correr al aseo. Encerrarme. Son las cuatro de la mañana, tiene que ser una alucinación. Ducha de agua muy caliente al principio y muy fría al final. Salgo pero ahí está, ofreciéndome el albornoz: Francia nos ha superado en fallecidos.

Después de desayunar se me pasará. Café muy largo, tostada con pechuga de pavo braseada. De repente, suena algo en el armario del fregadero. ¿Cómo se ha metido ahí con lo hermoso que está? Le lanzo el café hirviendo pero el cabrón tiene reflejos. Sin inmutarse me dice: El estudio serológico confirma que no hay inmunidad de rebaño.

He llamado a la policía, me preguntan si temo por mi vida. La verdad es que no, el hombre parece que solo quiere informarme. No bloquee las líneas si no es urgente, estamos en una emergencia sanitaria, haga el favor.
Pues nada, en el súper le he endosado el carrito. Quid pro quo, él me lleva las cosas y yo le soporto: El papel higiénico se ha consumido un 39% más durante el confinamiento.

He intentado darle esquinazo pero tiene muchos contactos. Me meto en una farmacia a comprar lexatin y sale de la trastienda con una bata blanca: El insomnio, otra consecuencia de la pandemia.

El charcutero me ha puesto el doble de salami, ¿lo habrá visto él también?, ¿pensará que estamos juntos?

Le he comprado un periódico para entretenerlo mientras hago una videollamada. Me pongo camisa y corbata, debajo calzoncillos y zapatillas, un clásico. A mitad de presentación mi jefe me dice que quién es ese que tengo detrás. Soy el nuevo Alfonso Merlos. El de la caldera, le digo, y me levanto corriendo para empujar a Antonio fuera de la habitación. Creo que mis gayumbos también han entrado en el plano.
Comemos juntos. Han incautado miles de mascarillas falsas.

Dormimos la siesta. La tasa de mortalidad.

Merendamos. Aplanar la curva.

Salgo a correr y veo que se queda en el sofá. ¡Vamos Ferreras!, le digo. Me hace un gesto como que ahora no. Cuando vuelvo me ha preparado habas con jamón. Me ducho y me ofrece el albornoz: Hay siete proyectos de vacuna en marcha.

Me meto en la cama, me arropa y muy educado dice: Volvemos mañana, con más periodismo.

Meto la cabeza debajo de la almohada, aprieto fuerte los ojos y me repito para mis adentros, como convocando a una fuerza superior que maneja el orden natural de las cosas: «Por favor, por lo que más quieras, haz lo que sea, solo pido una cosa, una sola: que mañana no sea Ana Rosa».

Érase un tal vez en el que salimos del bucle.