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La herencia


Texto: @alfredpavia
Ilustración: @fabiocastro27



Mi abuela Eduvigis no era rica. Murió cuando yo tenía 8 años y me dejó en herencia unos pocos recuerdos que se vuelven intensos cuando paso por delante de la fuente de Sagra y cuando como caracoles con caldito e hinojo, un sentimiento de culpa que me acompañará toda la vida porque no tuve valor para entrar en la habitación y despedirme de ella, y un huerto diminuto en Vall de Laguar que solo tiene un árbol. Ya ves tú a qué santo. Se lo preguntaba a mi padre y me decía “ni idea”, “no sé” o simplemente arqueaba las cejas y subía los hombros como hace cuando le pregunto a quién va a votar.

En la Vall de Laguar están las mejores cerezas del mundo, se pongan como se pongan en el Jerte o en Japón. Por el tipo de suelo, por las oscilaciones de temperatura, por la escasez de lluvia, porque no he probado las de otros sitios y porque es mi historia y punto.
Tras una primavera rosa muy chula pero muy cursi llega la época de la cosecha y todos los árboles se cargan de cerezas. Menos el mío. El mío apenas da para una cesta al año. Buenísimas, sí, pero pff, subir hasta allá solo para una cesta, pues casi me voy a Mercadona.

Hacía varios años que no iba a ver mi birria de hacienda. Ni me acordaba casi de ella. Pero cuando vi en la tele que podíamos saltarnos el confinamiento si eras agricultor me dije esta es la mía, vacié la cesta de mimbre donde guardamos la fruta, me agencié los guantes de hacer chapuzas en casa por si me paraba la poli dar un poco el pego, me subí al coche y allá que me fui curva va curva viene hasta llegar al campito, sito entre el Campell y Fleix, no tiene pérdida.

Ni una, tú.
Vale que otros años había pocas, este año ni una. El árbol parecía gozar de buena salud (digo yo, que sé menos de árboles que de astrofísica) pero no había dado ni un fruto. Los de los campos de los lados, a tope. El mío, rien de rien. Toooootal, que salté el muro que limita mi propiedad con la vecina y llené mi cesta con unas picotas tan rojas como eso, una picota, no sé dónde iba yo ahora a meterme en comparaciones.

Volviendo a casa, mientras las curvas abiertas me presentaban allá a lo lejos la costa de Dénia vacía, las grúas paradas, los bares cerrados y las personas escondidas; mientras en la radio unos señores y señoras nos decían que lo que teníamos que haber hecho era esto o aquello y mientras me preguntaba qué me esperaba tras la próxima curva caí, qué burro soy, en que el árbol de mi abuela igual no era de cerezas, sino de certezas.