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Los de Alfa Centauri son los peores


Texto: @rafasoto
Ilustración: @realmentebravo



Un despacho diáfano blanco de ciento cincuenta metros cuadrados con unos enormes ventanales que dan a un bosque de abetos que parece no acabarse nunca. Un mesa de mármol blanca, una silla Herman Miller de oficina blanca y un Amazon Echo blanco. Nada más.

Sentado en la silla, un hombre pensativo.

Pelo negro perfectamente engominado hacia atrás. Impecablemente rasurado. Manicura excelsa. Es el amo del mundo. Un psicópata.

Su último movimiento es mandarnos un virus, ordenarnos un estricto confinamiento y transmitirnos miedo por todos su canales. Sabiendo que el miedo es aún peor confinamiento que el propio confinamiento.

Solo tiene contacto con una persona, su asistente personal.

Como es un hijo de puta, sus asistentes dimiten a los pocos días. Por eso ha tenido que incrementar el sueldo a sus últimas incorporaciones. Dos millones euros al año, es la última oferta. Aún así es difícil retenerles más de unos días.
María Stewart es la última asistente. Lleva con él veintiún días. Es la encargada de gestionar el servicio de la casa, mantenimiento, intendencia e intermediar con los presidentes de todos los países, bancos centrales y lobbies empresariales.

El amo del mundo está contento con María Stewart, es eficiente y, sobre todo, resiliente. Nadie había aguantado tanto tiempo como ella. Eso es así porque María tiene un plan y se dispone a ejecutarlo. Echar MDMA en el café de Burundi de todas las mañanas milimétricamente pesado y con temperatura exacta del agua.

No va a hacerlo de golpe, sino progresivamente. Pero al cabo de una semana ya empiezan a notarse los primeros resultados.

Los medios de comunicación rebajan el alarmismo y desaparecen misteriosamente todos los tertulianos de las parrillas de TV. Todo eso libera a las personas de su primer confinamiento: el miedo.

Más tarde, el amo del mundo, acunado por sueños lúcidos sobre la necesidad de contacto, libera por fin la medicación contra el virus y ordena a los jefes de estado que promuevan los abrazos para activar la inmunidad de grupo y ¿el buen rollo? se preguntan extrañados.
La cuarta semana María Stewart le sube la dosis, le cuelga un cuadro de Matisse con dos mujeres tocando el ukelele entre enormes hojas de Monstera.

El amo del mundo ordena a María hablar con los lobbies: a partir de ahora trabajaremos tres días por semana.

Los trabajadores y los estudiantes de todo el mundo dejan por fin de vivir por y para el trabajo. El tiempo libre les genera curiosidad por otras cosas, nuevas inquietudes. Resurgen los poetas, los músicos, los escritores, los artistas. El entretenimiento tal y como lo entendíamos y las redes sociales desaparecen porque la gente comprende que todo era solo evasión y ya no les hace falta huir de nada.



Epílogo

—María, ¿qué hacemos con los tertulianos que siguen encerrados en el sótano?

—Filtrémosles que el virus venía de los extraterrestres.

—Me encantas.