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Miradas


Texto: @adrix19
Fotografía: @laiasabate



Nos habíamos olvidado de mirarnos a los ojos. Con cualquier pretexto dirigíamos la vista a otro lado: un semáforo en ámbar, unos zapatos gastados (que a veces eran los nuestros), una nube con forma de tortuga… Quizá fuese por miedo o vergüenza. O simplemente porque éramos unos cobardes o unos tímidos incurables. No solo le pasaba al enamorado, al delincuente recién esposado o al niño que acababa de cometer una travesura: nadie, absolutamente nadie miraba a los ojos. Pero entonces llegó la pandemia. Y poco a poco fuimos cayendo en el sometimiento de la mascarilla (a mí me gustaba llamarla mordaza higiénica). Entonces, por obligación, tuvimos que volver a mirarnos a los ojos para entendernos. Una parte importante de nuestro lenguaje no verbal se había visto reducida a estos dos pequeños órganos que tenemos a ambos lados de la cara. Meses después, aunque lo peor de la tormenta había pasado, las secuelas del virus todavía se percibían en nosotros: ya no había rastros de mascarillas, y sin embargo, ya nadie rehuía la mirada: bastaba con mirar a alguien a los ojos y saber qué sentía.