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Revoluciones


Texto: Pedro Díez
Ilustración: @josecampello




Empecé a creer en revoluciones cuando en España se dejó de fumar en locales públicos y sin mediar mamparas. Pero he de confesar que me eché las manos a la cabeza el fin de semana en el que comenzó el confinamiento y me quedé sin fútbol, sin cine, sin cena con los amigos y amigas...

Entonces recordé aquel verano tan cálido en el que las aguas costeras se llenaron de medusas impidiendo el baño a miles de turistas. Las familias con hijos e hijas descubrieron rápidamente una alternativa: fabricaron artilugios caseros para poder pescarlas y competían entre ellas a ver quién conseguía el montón más grande. Ni un solo día faltaron a su nuevo reto. Ese recuerdo me permitió descubrir el tai-chi, los paseos por el pasillo de casa calculando las vueltas necesarias para hacer un kilómetro o el placer de las cenas con velitas para dos.

Y ahora, a punto de comenzar la desescalada recuerdo el 8 de marzo de 2019 en el que el feminismo dio un golpe seco encima de la mesa paralizando el país. Por eso ahora tal vez los niños y niñas hayan descubierto que, más que las hamburguesas de McDonalds, desean compartir tiempo con sus padres; que los adultos ya sepan que lo más barato no es comprar en Amazon; que viajar no es sinónimo de hacer muchos kilómetros en poco tiempo; que es más emocionante escuchar el misterioso canto del pito real que pasar el tiempo con apuestas deportivas; que debemos saber cuáles son los productos de temporada para comer mejor y más sano...

Tal vez el ecologismo esté a punto de dar un golpe en la mesa.